domingo, 05 junio 2005

Ratzinger más racionalista, más relativista que Habermas

Ratzinger más racionalista, más relativista que Habermas

Cristóbal Orrego (en julio estará en Alemania, con una beca Humboldt).

No nos deben extrañar las coincidencias entre ambos. Los dos son representantes de una tradición que creía en la razón.

Comentario a las ponencias del filósofo alemán Jürgen Habermas y del cardenal Joseph Ratzinger -hoy Papa Benedicto XVI- expuestas en Munich en enero de 2004 y publicadas en los días pasados en este blog.

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El semestre pasado tuve el honor y la alegría de dictar el curso electivo "Introducción al Derecho Natural" en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. La heterogeneidad de los asistentes -algunos venían a reforzar sus convicciones católicas; otros, a experimentar una dosis más intensa de pluralismo; todos, según creo, a aprender mediante el diálogo- me obligó a un continuo ejercicio de traducción entre tradiciones intelectuales divergentes. Asistía un estudiante que había polemizado conmigo en "Cartas al Director" de este diario. Creo que esa confrontación epistolar ayudó a que surgiera una simpatía recíproca. Al fin y al cabo, parecía que ninguno de los dos era, para el otro, un fanático de su causa: los dos teníamos nuestras razones, mejores o peores, y estábamos dispuestos a compartirlas en paz. Este alumno, que había ingresado a la universidad prisionero de un relativismo extremo, creía entonces, gracias a la fascinación de Habermas, en algo que yo podía traducir como la verdad.

No nos deben extrañar las coincidencias entre Habermas y Ratzinger. Este se sabe representante de una tradición que ha accedido a la verdad mediante la recta razón y la revelación sobrenatural. Aquél defiende la tradición ilustrada, que inicialmente creía en la razón y en su capacidad de fundamentar algunos conocimientos y reglas de conducta. En la clásica disputa de Sócrates contra los sofistas, el pensador agnóstico y el cardenal católico están del mismo lado. En la crítica al aspecto oscuro del proceso de modernización -los totalitarismos, la bomba atómica, los abusos del liberalismo económico, las manipulaciones masivas, el dominio tecnológico desprovisto de límites, etc.-, los dos están del mismo lado. Frente al historicismo y al pragmatismo radical, los dos están del mismo lado. Ellos intentan, cada uno con sus recursos, una proeza quizás desesperada: contener el avance del nihilismo y estabilizar la convivencia política sobre la base de una democracia constitucional aceptada por todos. La pregunta es si tienen éxito, juzgando por sus posiciones en la "Tarde de Discusión" de enero de 2004. En mi opinión, hay una diferencia fundamental entre los dos. Ratzinger tiene como meta última de sus reflexiones la vida eterna, para alcanzar la cual los hombres deben esforzarse por impregnar de espíritu cristiano todas las realidades temporales; pero él no espera un paraíso en la tierra, sino un continuo comenzar y recomenzar a practicar el mandamiento nuevo de Jesús. Por el contrario, la utopía ilustrada pretende erradicar la irracionalidad, el "mal" de este mundo; liberar completamente al hombre de todas sus alienaciones, entre las que muchos ilustrados -no Habermas- incluyen la religión. El empeño de Habermas consiste en fundamentar racionalmente esa ciudad secular, pacífica y democrática, sin acudir a doctrinas comprehensivas, en la terminología de John Rawls. Por lo tanto, o tiene éxito o fracasa del todo: no hay nada más allá de su utopía política terrena.

Catolicismo ilustrado

No deseo detenerme demasiado en la respuesta de Ratzinger. Él busca los puntos de contacto con la tradición ilustrada: la creencia en la capacidad racional y en el diálogo entre sujetos racionales, la apertura de la fe a la razón, las ventajas del régimen democrático, la advertencia de las desviaciones de la modernidad, la afirmación incondicional de la dignidad de la persona. La alianza de la tradición católica con una ilustración respetuosa de la fe es un modo de enfrentar la "dictadura del relativismo" y de evitar nuevas persecuciones contra los cristianos. De todos modos, contra el nihilismo hace falta, más que una doctrina, un proceso histórico "en el que finalmente los valores y normas de alguna manera barruntados por todos los hombres lleguen a recobrar una nueva capacidad de iluminación de modo que se conviertan en fuerza eficaz para la humanidad y de esa forma puedan contribuir a integrar el mundo" (Ratzinger). Los hombres viven en un espacio común -el logos, la palabra-, cuyo descubrimiento exige vivir de determinada manera y no solamente embeberse en discusiones académicas. La doctrina de la fe y el derecho natural son incapaces, por sí solos, de iluminar estos tiempos de oscuridad. Es necesaria la Iglesia Católica. "La Iglesia está viva", decía el cardenal Ratzinger en la Misa de exequias de Juan Pablo II. Esa vitalidad y juventud son la respuesta al reto nihilista.

Por su parte, Habermas nos da varias lecciones. En primer lugar, advierte que "el fundamentalismo es un fenómeno exclusivamente moderno" y lo distingue de las religiones racionales, que renuncian a hacer valer su verdad mediante la violencia. En segundo lugar, Habermas defiende un "derecho racional" contra el positivismo jurídico. Aunque pretende que es algo distinto del derecho natural clásico, lo reconoce como posible en la tradición católica, que admite "una fundamentación de la moral y del derecho independiente de las verdades reveladas". En tercer lugar, sus conclusiones prácticas son aceptables: una constitución democrática, pero con garantía de los derechos fundamentales; su concepción del ciudadano como el que se preocupa del bien común y no de su exclusivo interés privado; la "disponibilidad de la filosofía a aprender de la religión, y no por razones funcionales, sino por razones de contenido"; la afirmación de una sociedad "postsecular", que no solamente devuelve a las comunidades religiosas "el reconocimiento público que se merecen" por su función de solidaridad social, sino que "admite para las convicciones religiosas un estatus epistémico que no puede ser calificado simplemente de irracional".

La fórmula de Habermas defiende la equidad argumentativa y política: "en el espacio público-político las cosmovisiones naturalistas (...) de ninguna manera gozan prima facie de ningún privilegio frente a las convicciones de tipo cosmovisional o religioso". Y añade: "La neutralidad cosmovisional del poder del Estado (...) es incompatible con cualquier intento de generalizar políticamente una visión secularista del mundo. Y los ciudadanos secularizados, cuando actúan en su papel de ciudadanos, ni pueden negar en principio a las cosmovisiones religiosas un potencial de verdad, ni tampoco pueden discutir a sus conciudadanos creyentes el derecho a contribuir en su lenguaje religioso a las discusiones públicas".

De todas formas, subsisten las discrepancias. Así, el intento de fundar la política sin ética ni metafísica no es suficiente porque sus premisas son meramente hipotéticas. Sostiene que el proceso democrático es el procedimiento legítimo de creación del derecho "en cuanto que cumple condiciones de una formación inclusiva y discursiva de la opinión y de la voluntad", lo cual "funda la sospecha de una aceptabilidad racional de los resultados". Mas sucede que ningún sistema existente se acerca a cumplir esas condiciones, y, además, una "sospecha" no equivale a una conclusión racional. Además, la idea de que "en el Estado constitucional no queda ningún sujeto del poder político que pudiera suponerse que se nutre (...) de una sustancia prejurídica", como si no hubiera ningún vacío que rellenar acudiendo a la ética, no tiene ningún asidero en la observación sociológica ni en la teoría del derecho. Por cierto, es posible cambiar los significados de las palabras y entender la democracia "como un método para generar legitimidad a partir de la legalidad"; pero, para ir más allá de una estipulación, antes habría que demostrar que las democracias reales -no las ideales- generan esa legitimidad con prescindencia del contenido de sus decisiones. De lo contrario, se incurre en una petitio principii flagrante.Por otra parte, Habermas reconoce que las motivaciones para dejar de lado los propios intereses proceden de las virtudes políticas, enraizadas a menudo en fuentes prepolíticas (proyectos de vida y formas culturales de vida). Sin embargo, cree que la dinámica propia de las prácticas democráticas puede desarrollar presupuestos motivacionales equivalentes. ¿No será excesivamente candoroso pretender que existe una "solidaridad ciudadana altamente abstracta", en la cual el "lazo unificador", que se basta por sí solo para motivar a los ciudadanos e impulsarlos hacia el bien común, "es el proceso democrático mismo"? Aquí, como en Rawls, parece que la escisión entre política y ética y metafísica se apoya en una ignorancia de los propios supuestos.

Intersecciones

Dulcis in fundo: lo más curioso del debate. Habermas renuncia en parte al ideal ilustrado, al sostener que la razón secular debe "abstenerse cognitivamente de todo juicio" en el terreno religioso, mientras que Ratzinger -con toda la tradición católica- reconoce a la razón la capacidad de juzgar en materia religiosa, pues de lo contrario se haría imposible discernir un hecho histórico como "religión verdadera" y no podría abrazarse razonablemente con preferencia a otras religiones. Ratzinger es más racionalista que Habermas.

Con todo, Habermas afirma que el discurso secular "es un discurso de todos y accesible a todos" y que la cultura política liberal "puede esperar incluso de los ciudadanos secularizados que arrimen el hombro a los esfuerzos de traducir del lenguaje religioso a un lenguaje públicamente accesible aquellas aportaciones (...) que puedan resultar relevantes". Ratzinger, por su parte, ante esa razón secular que se pretende "accesible a todos" -lo que en el debate público tiende a forzar a los creyentes a renunciar a sus puntos de referencia para argumentar solamente en términos fijados a priori por el racionalismo laico- afirma con sencillez empirista: "nuestra racionalidad secular, por más que resulte trivial y evidente al tipo de ratio que se ha formado en Occidente, no es algo que resulte evidente y convincente sin más a toda ratio, es decir, que esa racionalidad secular, en su intento de hacerse evidente como racionalidad, choca con límites. Su evidencia está ligada de hecho a determinados contextos culturales y tiene que reconocer que, como tal, no se la puede entender en toda la humanidad (...), y que, por tanto, no puede ser operativa en el conjunto. Con otras palabras: no existe 'fórmula del mundo', racional, o ética, o religiosa, en la que todos pudieran ponerse de acuerdo y que entonces fuese capaz de sostener el todo. O en todo caso, tal fórmula es por el momento inalcanzable".

La razón secular no tiene ningún tipo de privilegio argumentativo, ni siquiera el de ser la razón común, pues de hecho no lo es. Basta ver lo ininteligibles que son, para la mayoría de los ciudadanos, los discursos de quienes usan la terminología de autores recientes ("como dice Rawls", "por decirlo con Habermas" . . .).

En fin, que Ratzinger es más relativista que Habermas.

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