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miércoles, 31 agosto 2005

¿MATRIMONIO PARA SIEMPRE O PARA UN TIEMPO?

Queridos amigos: después del artículo de esta mañana Homicidio por frustración, me gustaría ofrecerles algo más reconfortante y optimista -dentro del realismo que nos caracteriza-. Sin duda, una de los puntales que falla en la vida de muchos niños es la familia. Y la base, el fundamento de la familia es el matrimonio. Me parece que, por tal razón, es interesante reflexionar acerca del matrimonio y, sobre todo, vivir un modelo de matrimonio acorde a nuestro tiempo y a nuestra sociedad. Aquí un intento. El artículo es de la teóloga alemana Jutta Burggraf.

 

Todos conoceremos algunos “profetas de calamidades” que en los tiempos modernos no ven otra cosa que prevaricación y ruina. Dicen y repiten que nuestro modo de vivir, en comparación con las costumbres de nuestros antepasados, ha empeorado notablemente. ¡Incluso se quiere destruir el matrimonio y la familia, y por esto se proclama que estas instituciones están pasadas de moda!

 

Pienso, sin embargo, que la situación, que hoy tenemos, no es tan original. A lo largo de los siglos ha habido siempre intentos de destruir la familia, es decir, se ha pretendido deshacer los vínculos naturales entre marido y mujer, entre padres e hijos.

 

1. PROPAGANDA CONTRA EL MATRIMONIO

 

Ya Platón concibió en la "Política" un estado ideal en el que no debe haber nada privado. En él, incluso las mujeres y los niños tienen que ser "comunitarios", de modo que ni el padre conoce a su hijo, ni el niño conoce a su padre. Inmediatamente después del nacimiento, se instala a los niños en una casa para bebés, donde a la madre sólo le está permitido acudir el tiempo necesario para alimentar al bebé y, por supuesto, tomando las debidas precauciones para que ninguna reconozca a su propio hijo.

 

En algunos romanos se encuentra un claro desprecio hacia la comunidad conyugal. Parece que esta actitud contribuyó (al menos indirectamente) a la decadencia moral a finales del Imperio. El célebre Ovidio decía de los varones que todavía atribuían valor a la fidelidad matrimonial: "Sólo un hombre desmesuradamente tonto se siente herido cuando su esposa comete adulterio. Este hombre todavía no ha entendido lo que significan las buenas costumbres".

 

Si damos un salto hacia la Edad Moderna, encontramos teorías parecidas contra la estabilidad de los matrimonios. En el siglo XIX, algunos filósofos idealistas y románticos propagaron que el matrimonio sólo tendría sentido, si los esposos estuvieran unidos por amor. Si faltara la armonía erótica, tendrían que separarse.

 

Por aquellos tiempos fueron elaboradas también las teorías socialistas y marxistas sobre el matrimonio. Se basan, sobre todo, en la obra del etnólogo americano Lewis H. Morgan. Según ellos, el matrimonio sólo existe para conseguir propiedad privada y asegurarse la vida. Como el varón trae el dinero - así afirman - él ha conseguido, a lo largo de los siglos, injustamente, la primacía en la comunidad matrimonial. Podía hacer siempre lo que quería, y disfrutaba de sus “libertades”, de los adulterios y la prostitución. La mujer, en cambio, siempre tenía que estar sometida, ser obediente y fiel - ya que dependía económicamente de su marido. Para acabar con esta injusticia, la mujer - dicen ellos - debe tener una profesión remunerada y las mismas libertades sexuales que el varón.

 

Desde aquí se puede descubrir una línea directa a Simone de Beauvoir, la primera feminista radical de nuestro siglo que lucha abiertamente contra el matrimonio y la familia. Traza una ética radical, que intenta desenmascarar el matrimonio, la maternidad, la prohibición del aborto y del divorcio como "medidas coercitivas de las sociedades patriarcales". Lamenta “la esclavitud que se impone a la mujer con los hijos”, y confiesa claramente: “Estoy a favor de que se suprima la familia."

 

Dadas estas influencias, se explica la rebelión de no pocas mujeres. Hoy en día, el varón es considerado en algunos ambientes como un monstruo, un macho, un enemigo al que reprochan una larga lista de pecados. Las mujeres manifiestan su poder; rehusan la heterosexualidad que - según ellas - ha adquirido "calidad de dogma", y propagan la bi- y la homosexualidad. Instigan a las que están casadas a luchar incluso contra sus propios maridos. Con otras palabras: pretenden liberar al sexo femenino de las "ataduras" de su naturaleza, en concreto del matrimonio y de la maternidad. Sulamith Firestone, una feminista norteamericana, llega incluso a afirmar: "El embarazo es una atrocidad."

 

No se puede negar, pues, que existen ciertas tendencias en contra del matrimonio y de la familia. Pero me resisto a afirmar que sea el feminismo en cuanto tal el que destruya estas comunidades básicas de los hombres. Dentro de las múltiples ramas del feminismo hay algunas que me parecen sumamente provechosas para la familia y la relación entre los esposos, ya que devuelven a la mujer la dignidad que le había sido negada en el pasado, en algunas culturas, y que incluso hoy en día se le sigue negando en ciertas ocasiones. Sí, también hoy, y no es ni una exageración ni una ideología. No hace falta pensar en las mujeres de Arabia Saudí ni tampoco en aquel pueblo del Oeste de África de los lyélas, que consideran a sus esposas como lo más importante de la herencia; una de las fórmulas con la que un lyél nombra oficialmente a su primogénito su sucesor, dice lo siguiente: "Te dejo mi tierra y mis mujeres." No hace falta que juzguemos con altanería el rapto de las novias de la guerrera Esparta, ni que nos lamentemos de la llamada oscura Edad Media (que ,por cierto, no fue tan hostil con la mujer). Como he dicho, no necesitamos retroceder tanto en el tiempo: basta mirar a Europa. ¿Cómo es el respeto a la mujer en la sociedad europea y en las familias europeas? También hoy, la mujer es presentada en muchos carteles publicitarios, películas, revistas del corazón y tertulias como un ser que no es muy capaz intelectualmente, como elemento decorativo o de exhibición, o como objeto del deseo masculino. Su dedicación en casa y en la familia no se valora ni se apoya como debía ser. ¿Acaso no sigue sucediendo que un hijo, sólo por el hecho de ser varón, se sienta con el padre a ver la televisión después del opíparo almuerzo del domingo, mientras las hijas y la madre desaparecen en dirección a la cocina? ¿O que una madre que trabaja fuera de casa se las tiene que arreglar sola en el trabajo del hogar y que lo que recibe a cambio es el reproche de no ocuparse lo suficiente de su marido, que trabaja media jornada, y de los niños, y para colmo, que la casa no está del todo limpia?

 

Obviamente, estamos en una crisis. Pero esto no significa necesariamente una destrucción. Es más bien un reto: puede llevar a un nuevo comienzo. La escritora Ida Friederike Görres consideraba, hace años ya, esta situación como una llamada a un cambio profundo, comentando al respecto: "Desde hace tiempo pienso que el matrimonio se encuentra actualmente en una fase de transición… Deja de ser sólo o especialmente una institución jurídica, social, económica y moral, y llega a ser una verdadera decisión espiritual. Quizá por eso no sólo sea un signo negativo que hoy en día se rompan tantos matrimonios, quizá significa también, entre otras cosas, que muchas personas no aguantan más el matrimonio en esa forma corrupta, y no están dispuestos a vivirlo de ese modo."

 

2. EL TIPO DE FAMILIA "PATCHWORK"

 

Sin embargo, la mayoría de nuestros contemporáneos no quieren vivir solos, al menos no lo quieren durante toda la vida. Si miramos a nuestro alrededor, vemos que en nuestra sociedad, también en Europa, la vida familiar existe. (Digo "vida familiar", no "matrimonio", del que hablaremos luego.) ¡Pero la vida familiar existe! Por ejemplo, tres de cada cuatro europeos pasan las vacaciones con sus familias, con frecuencia varias generaciones juntas, de los modos más variados, como en un caso claro son los campings y las zonas residenciales de vacaciones. A pesar de todas las advertencias de Simone de Beauvoir, a pesar del creciente deseo de triunfar en la vida y hacerse rico, vemos por todas partes que las parejas forman una familia y traen hijos al mundo. Aunque, según dicen, es más fácil permanecer sólo para "autorrealizarse", la gran mayoría de las personas, también en nuestro tiempo, insiste en reunirse alrededor de una familia.

 

Una persona sin familia es una persona triste. Muchas veces sufre en secreto con su destino. En una entrevista de televisión realizada por las calles en Alemania, un hombre dijo: "Tener una familia quiere decir, ante todo, contar con personas en las que se puede confiar, significa querer y ser querido. Significa vivir con personas que me comprenden y de las que puedo sentirme orgulloso, y significa vivir con alegría".

 

Es decir, que a pesar de todos los pronósticos desfavorables, hoy en día la familia sigue siendo apreciada. Satisface las necesidades elementales del hombre - como el anhelo de poseer un hogar, de sentirse protegido y de poder confiar - de tal manera, que su existencia no puede ser puesta seriamente en duda, ya que está íntimamente ligada al natural deseo de felicidad que tiene cada persona humana.

 

Frente a las utopías hostiles a la familia, se observa, justo en nuestra Época Nuclear, en la que el hombre se ve amenazado por la masificación, la gran importancia que, para todos, tiene un hogar con personas queridas. Y esto, lo han aceptado incluso unas de las feministas más radicales. "Quiero volver a casa", dice por ejemplo Christiane Collange. Es una feminista conocida de Francia, y uno de sus libros recientes se titula así. En este libro afirma: "Me dan pena las mujeres que no saben lo reconfortante que es una tarde en la que estás ocupada con las tareas de la casa y disfrutas con tu hijo. No hay ninguna otra comunidad que nos ofrezca tanta esperanza y alegría como la familia". Al igual que esta autora francesa, también otras mujeres han recapacitado sobre su actitud frente a la familia, y la han corregido.

 

Naturalmente, existen también circunstancias familiares tristes y desesperadas, lo que no puede ser discutido ni minimizado: no pocas mujeres, por ejemplo, sufren bajo circunstancias humillantes. Pero a partir de estas experiencias concretas no se puede generalizar: el hecho de que existan familias desilusionadas y descontentas, no quiere decir que todas lo sean, como han propagado algunas personas amargadas en los últimos decenios. Esta idea ha influido especialmente en mujeres jóvenes llevándolas a rechazar el matrimonio, la maternidad y el trabajo en casa. Pero se puede observar que no pocas están volviendo a la vida familiar.

 

Se habla hoy de una "nueva maternidad" y también de una “nueva vida familiar” agradable, no en todos, pero sí en muchos sectores de la sociedad. Claro que este tipo de familia tiene muy poco que ver con la tradición. A menudo se le llama familia "patchwork" o familia a base de parches: la imagen de una colcha hecha de trozos de telas muy diversas es el ejemplo perfecto que describe este nuevo modo de vida en comunidad, donde padres e hijos antes pertenecían a otras familias. Cuando ésta "no funciona más", se va cada uno por su lado; se lleva a alguno de los hijos y se intenta otro patchwork. Los parches se separan según el propio criterio y se vuelven a unir en otro modelo.

 

Es decir, la vida familiar no es de ningún modo anacrónica. Parece que cada generación descubre de nuevo el deseo profundo de unirse, de refugiarse, de protegerse mutuamente, de dar y recibir confianza y comprensión. Casi todos quieren, de alguna manera, tener una familia.

 

El problema es que existen los conceptos más diversos sobre lo que es una familia. En amplios sectores de la sociedad se ha conseguido llevar la lucha de clases a la relación entre el hombre y la mujer y, a la vez, se están propagando nuevos tipos de familia, relaciones abiertas e inestables según el lema: no hace falta casarse para tener hijos y crear una comunidad de vida y de amor. Según el proyecto de una ley en Finlandia, la familia es definida como "un grupo de personas que utilizan el mismo refrigerador". Cuando la comunidad "ya no funciona", cada cónyuge se va por su lado, se lleva a alguno de los hijos e intenta crear otra familia. O sea que la familia no es declarada anacrónica, pero el matrimonio sí.

 

3. ¿HAY MÁS DIFICULTADES HOY?

 

Se huye de las dificultades que, realmente, en nuestros días parecen ser mayores que en tiempos anteriores. En siglos pasados, con frecuencia, eran los padres y otros familiares los que buscaban a quienes habían de casarse con sus hijos. Lo hacían según aspectos objetivos. Aquellos que iban a casarse, tenían que tener el mismo nivel de vida, más o menos la misma situación económica, la misma religión, etc. La comunidad matrimonial era considerada como una gran empresa. Las grandes familias europeas abarcaban tres generaciones o incluso más. Todos, varones y mujeres, solían trabajar juntos en la granja, en el taller, en la tienda. Y educaban juntos a los niños, que crecían bajo los cuidados de muchos parientes (y empleados, según el caso).

 

Pero, a partir de la industrialización, hubo un profundo cambio en la vida familiar. Radicales modificaciones sociales llevaron a las generaciones pasadas a una división mayor de los trabajos y más estricta. El hombre se fue retirando de las obligaciones familiares a favor de actividades lucrativas fuera de casa. La mujer se quedó sola en casa con los hijos. Poco a poco, también ella se fue integrando a la vida profesional, ganando dinero y haciéndose cada vez más autónoma. De ahí resultan nuevas cargas para el matrimonio.

 

No creo que la independencia de la mujer sea el problema de hoy. Al contrario, es una suerte que exista, porque sólo quien es interiormente libre e independiente puede amar y entregarse verdaderamente a los demás. Pero, aparte de esto, la nueva situación tiene unos retos específicos. Se habla incluso de una "fragilidad constitucional" del matrimonio moderno. Voy a enumerar brevemente algunas dificultades.

 

- Dos personas se casan hoy, en general, por simpatía y amor; es decir, principalmente por motivos subjetivos y menos objetivos. Esto me parece muy bueno e ideal, si no se dejan completamente de lado los aspectos objetivos, como la cultura, la forma de ver la vida etc. Pero, en principio, me parece que esta es la única razón aceptable para contraer un matrimonio: casarse por amor. Sin embargo, hoy en día, no es raro que falten casi todos los motivos objetivos. En este caso, la fidelidad matrimonial es sumamente difícil. Pues, cuando "se acaba el amor", cuando llega la monotonía cotidiana, hay que perseverar, sin un entorno exterior que sostenga, y sin motivos objetivos que ayuden.

 

- Asimismo, muchas veces, los esposos tienen distintos campos de acción, ya sea en la familia, ya sea en una profesión fuera del hogar. No se ven durante muchas horas del día. Pero sí que tienen contacto con otras personas, hombres y mujeres; y con ellos comparten sus intereses y planes profesionales. Cuando vuelven cansados a casa, ya no tienen fuerzas para dialogar o hacer planes. Así, puede pasar que crezca una distancia cada vez mayor entre los esposos.

 

- Al mismo tiempo, la opinión pública y las costumbres occidentales no protegen el matrimonio; no ayudan en nada a la fidelidad matrimonial. Incluso se puede decir, sin exagerar, que se hace propaganda de la infidelidad. El adulterio es ensalzado, hasta en las "confidencias" televisivas de algunos altos políticos.

 

- Además, hoy en día, el matrimonio es mucho más largo que en tiempos anteriores. Muchas personas llegan a los ochenta, incluso a los noventa y cien años. En los siglos pasados, las mujeres morían con frecuencia después de haber dado a luz a muchos hijos. Hoy, ven crecer a sus hijos, y cuando ellos se van de casa, suelen vivir todavía treinta, cuarenta o cincuenta años. Por lo que, algunos han llegado a decir, que es verdaderamente heroico, en nuestro tiempo, ser fiel a una sola mujer, a un solo varón, durante toda la vida.

 

Pero, como no hay tantos “héroes”, mucha gente llega a otra conclusión: ya no quieren casarse. No quieren llevar una vida de engaño y de traición, y tampoco quieren tener las complicaciones de un divorcio. Por esto, prefieren vivir algún tiempo juntos. Si va bien, se pueden casar después de cinco, diez o veinte años. Si va mal, se pueden separar sin grandes problemas y sin desventajas económicas; se puede encontrar un amor mayor y empezar de nuevo, incluso en una edad madura. Así, se piensa, la vida es mucho más interesante: siempre hay nuevos horizontes, ningún aburguesamiento.

 

4. NO DEJARSE ENGAÑAR

 

Pienso que se trata aquí de un gran error. Vivir en una "relación abierta", de hecho es mucho menos atractivo de lo que parece. Si se declara que no es necesario casarse, con frecuencia se llega a exterminar, de un modo muy sutil, el amor entre el hombre y la mujer. Se extermina de antemano. Esto lo explico a continuación.

 

Cuando dos personas viven juntas sin casarse, en algún rincón de su corazón queda un resto de desconfianza. Una mujer me dijo en una ocasión, que cada noche sentía miedo de que su amigo no volviera. ¿Y por qué no se casan? ¿Por no estar seguros de su amor? Si somos sinceros, hay que confesar que esto es una ofensa permanente al otro. Es como decirle: "Yo te quiero hoy. Pero no sé si te querré mañana (o dentro de diez años), y por eso prefiero no meterme en líos." Es una ofensa real, aunque se suelen elaborar muchas teorías y se suelen dar muchas explicaciones ideológicas sobre este asunto. En el fondo, las personas que viven juntas, lo saben muy bien, y en general, después de unos años se enfría el amor. (¡Pues éste no puede crecer en un clima de desconfianza!) Las "relaciones abiertas" traen consigo muchas frustraciones y decepciones y, con la edad, no raras veces llevan al cinismo. Todos sabemos, cuánta necesidad oculta, cuántas heridas en el alma se esconden a menudo detrás de este modo de vivir. ¿Quién puede dejar a un compañero tras años de convivencia sin experimentar una ruptura en su vida, sin sentirse fracasado, sin dudas y quizá remordimiento de conciencia?

 

Es bien sabido que los que especialmente sufren en esta situación, son los hijos, si los hay. Sólo hace falta pensar en el conflicto afectivo al que están expuestos constantemente al tener que elegir entre sus padres "biológicos" y los "elegidos". Hace poco, una conocida mía me contó lo siguiente: "Mi hijo vive con la tercera mujer. Hasta ahora, todas sus relaciones sólo han durado unos cuantos años. Con la primera mujer tiene una niña pequeña. La segunda trajo dos hijos al matrimonio a quienes él ha cuidado como un verdadero padre. A veces he tenido la impresión de que los quiere más que a su propia hija. A los niños y a mí nos dio mucha pena cuando se separaron. En la actualidad tiene un bebé con su otra novia; se quieren casar pronto, lo cual significa que pronto tendré tres nueras y un sólo hijo!"

 

No se trata de juzgar. Nadie tiene derecho a hacerlo, y como espectador uno puede ser muy duro y altivo. Pero es urgente que nos demos cuenta de que la propaganda a favor de este “nuevo tipo de familia” es un engaño. Muchas personas que viven en estas familias, se sienten angustiadas; sufren por las situaciones de inestabilidad y desvalimiento, en las que se encuentran. Y está ampliamente demostrado que esta angustia se expresa, no raras veces, en el aumento de enfermedades psíquicas y psicosomáticas, en la delincuencia juvenil y el abuso de narcóticos que observamos en nuestra sociedad.

 

En estas pequeñas señales se puede ver, que no sólo la familia, sino también el matrimonio pertenece a lo que la naturaleza humana pide. Cuando digo "matrimonio", me refiero a una relación estable y permanente entre un hombre y una mujer que da seguridad y confianza. Me gusta compararlo con un muro, construido alrededor de una gran plataforma, en la cumbre de un monte alto y escarpado. Gracias a ese muro, los niños pueden correr en la plataforma con toda libertad, pueden hacer sus juegos más salvajes, saltar y bailar, sin peligro alguno de caída. Cuando, en cambio, falta el muro, uno sólo puede moverse lentamente, con cuidado y miedo, y muchos prefieren quedarse sentados en el suelo para asegurar la propia integridad. Disminuye la alegría de moverse, de emprender grandes cosas y comerse el mundo.

 

5. PROTEGER EL AMOR

 

El amor verdadero no suple la ley, sino la cumple, ordinariamente, y está a la vez por encima de cualquier ley. Se puede ver esto, por ejemplo, en la actuación de una mujer joven, que espera su primer hijo. Recibe muchos buenos consejos: la madre, la abuela, las tías, amigas y vecinas le transmiten reglas que hay que observar para el bien de la pequeña criatura nueva. Y la mujer se lo agradece. Muestra verdadero afán por observar todas estas reglas. No lo hace, porque "está escrito" (por formalismo), ni tampoco para quedar bien ante los demás. ¡Cumple la ley únicamente, porque quiere todo lo mejor para su hijo! ¡El amor es lo que mueve a cumplir la ley!

 

El amor verdadero no busca la independencia; no busca la "liberación" de todos los vínculos y responsabilidades - ¡no busca, en definitiva, el propio yo! Al contrario, el amor verdadero impulsa a actuar justo al revés: se entrega, y no anhela nada más que atarse para siempre a quien quiere - ¡y no dejarle nunca más!

 

Estos son los grandes deseos, los grandes impulsos naturales del amor. Pero, todos conocemos muy bien las debilidades y flaquezas de nuestra naturaleza: hoy, sentimos gran pasión por una persona, mañana, quizá, por otra. Por eso, no bastan los deseos de fidelidad; no bastan las promesas secretas o clandestinas. Hace falta llegar a una alianza objetiva: comprometerse también cara a la sociedad, con implicaciones jurídicas, lo que se traduce en este caso en contraer un matrimonio.

 

Esta alianza, hecha exteriormente, hacia afuera, es una protección del amor. Es como decir a otra persona: "Yo te quiero verdaderamente, y siempre quiero quererte. No sé todo lo que pasará a lo largo de la vida. A lo mejor, hay tentaciones y conflictos. Pero tengo la voluntad de superarlas, y para probártelo, te doy una promesa oficial."

 

Todos conocemos los grandes navegantes de la mitología griega. Estos prometían a sus amigas y amantes volver a casa, después de algún tiempo de aventuras y trabajos - pero nunca volvían. En el mar, escuchaban los cantos de las sirenas, quedaban fascinados y cambiaban de rumbo para estar con ellas. Las pobres mujeres no los veían nunca más...Pero, había uno que, realmente, quería volver. Conocía el peligro, y conocía también las flaquezas de la naturaleza humana. Por eso, quiso que sus compañeros le ataran al mástil de la nave. Cuando pasaron por la isla de las sirenas, también él escuchó su canto maravilloso, también él se quedó fascinado, pero no podía seguir las voces, ya que estaba atado. Así, las sirenas no pudieron seducirle. Fue el único que volvió a casa.

 

¡El amor verdadero se ata! No se puede observar el matrimonio con la mirada ruin de los cínicos. Toda persona - incluso el más acérrimo crítico del matrimonio - anhela, si es sincero consigo mismo, tener alguien en quién poder abandonarse completamente, alguien que siempre esté con él, pase lo que pase, que confíe en él también cuando todo está en contra suya: también cuando sufre fracasos y enfermedades, cuando se hace mayor y más débil.

 

6. NUEVOS RETOS

 

Cada persona humana desea, en el fondo de su corazón, tener una persona segura, de confianza, a su lado. ¿Por qué, entonces, experimentamos hoy, que tantas personas rechazan de lleno el matrimonio? Creo que, en muchas ocasiones, no rechazan el matrimonio "en sí", sino un tipo de matrimonio lleno de mentira y traición tras una imagen respetable. Rechazan una cierta instrumentalización de la comunidad conyugal, una exageración de la importancia de la dimensión jurídica, unas exigencias morales diferentes para el hombre y para la mujer, la comodidad y falta de apertura a los demás. Rechazan a los matrimonios que se cierran, ponen barreras, no tienen amigos y lo más triste es que educan así a sus hijos y, de esta manera, se reproduce esta conducta.

 

Algunos defectos de los matrimonios de las generaciones anteriores, se revelan cada vez con más evidencia y, para muchos, ya no son aceptables. Por esto, hay quienes buscan nuevos caminos, más interioridad y autenticidad, y - por desgracia - terminan frecuentemente en la confusión.

 

La crítica es dura, seguramente también exagerada, pero nos puede servir para plantear de nuevo la vida matrimonial. Es decir, el matrimonio no es anacrónico, pero tampoco debemos vivirlo de un modo que llaman "anacrónico" (que llaman "burgués”) - con estrechez de miras, con mentira y falsedad, mirando más el aspecto externo que el amor verdadero entre las personas que lo componen. Está claro que no se trata de volver al matrimonio burgués. Eso sería muy poco y no sería adecuado para las inquietudes de nuestro tiempo. No se trata de sacarle brillo a un ideal pasado. No podemos ser estrechos de miras ante los desafíos actuales. En cambio, conviene demostrar que el matrimonio es atractivo, también para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Y que, realmente, es el amor el que reina entre los esposos. Conviene demostrar, en definitiva, que la fidelidad matrimonial es posible y que lleva a una felicidad mucho mayor que el amor "espontáneo": éste puede ser muy apasionante, pero queda inmaduro, si huye de la entrega definitiva. Hoy en día, hacen falta parejas que sean un ejemplo de que el matrimonio, como vida en común indisoluble, es la mejor garantía para la felicidad de toda la familia - y para ellos mismos, en la juventud, en la madurez y en la ancianidad.

 

El matrimonio no es anacrónico en absoluto. Pero es un desafío, hoy más que nunca. Es un desafío mantenerse unidos uno al otro, también en tiempos de crisis o de poca comprensión. Todo matrimonio pasa por crisis, igual que toda persona humana, cuando crece, experimenta sus crisis de desarrollo. Es muy normal, que haya momentos duros en la vida. Uno nota monotonía, desazón, quizá la falta de una plena realización profesional; ve que los planes se derrumban y que los hijos son muy distintos de lo que se deseaba. A veces, con los años aparece el remordimiento de no haber dado al otro todo lo que se le podía haber dado...Pero, toda crisis trae consigo un cambio, y puede ser un cambio hacia una madurez mayor, hacia una confianza más plena.

 

El día de la boda no es la última estación, sino al contrario, es el comienzo de la verdadera aventura de la vida del amor. Si se tiene la conciencia clara de que el matrimonio dura hasta la muerte, entonces se esfuerza uno mucho más para hacer de él una empresa atractiva.

 

7. CONSEJOS CONCRETOS

 

¿Cómo se puede llegar a superar las dificultades. ¿Cómo se puede conseguir que el matrimonio sea feliz? Claro, que no hay recetas fijas. Pero podemos reflexionar un poco sobre lo que puede facilitar la vida cotidiana.

 

1. Amor decidido. Si, al contraer matrimonio, los cónyuges son conscientes de que toman una decisión de por vida y tienen la firme voluntad de permanecer unidos hasta el final, pase lo que pase, en tiempos de sol y de lluvia, de nieve, hielo y tormenta, entonces pueden desarrollarse libremente, en un clima de seguridad y de confianza.

 

Conviene perder el miedo a las crisis. Conflictos y divergencias de opiniones existirán siempre allí donde varias personas viven en estrecho contacto. Lo decisivo es la actitud que se adopta ante aquellas situaciones difíciles: aprovechar la oportunidad de estrechar los lazos de unión, superando juntos las dificultades, buscar el camino de reconciliación. A menudo, esta disposición a perdonar es la única esperanza en el camino hacia un nuevo comienzo. Con los años un cónyuge va amando al otro más y más porque quiere amarle, porque se ha decidido por el otro de por vida, y está dispuesto a soportar desilusiones.

 

2. Respeto mutuo. Hoy en día, casi nadie duda de que el hombre y la mujer se encuentran en el matrimonio uno junto al otro con la misma dignidad, para enfrentarse unidos a la vida: que son, en definitiva, de la misma altura; que tienen los mismos derechos y deberes. Hay, a veces, mucha independencia social y económica entre los cónyuges y, a la vez, una gran dependencia afectiva, que los une de un modo casi enfermizo. Pero sólo aquel que es interiormente libre y autónomo puede entregarse a los demás. Por tanto, hay que reconocer también la necesidad de mantener una sana distancia en el matrimonio. La vida en común no debe convertirse en una atadura o cárcel que restringe la libertad del otro. Un cónyuge no puede quitar al otro el aire para respirar, la posibilidad de desarrollarse y llevar adelante iniciativas propias, pensamientos o planes personales: para llegar a una profunda unidad, es necesario seguir siendo dos personas individuales.

 

No se ama al otro, mientras no se le ama en sí mismo. El tú no es la prolongación del yo. El tú es el misterio del otro que pide ser afirmado en sí mismo. No existe verdadero amor entre un hombre y una mujer, si no se experimenta - incluso en este amor, que hace de ambos una sola carne - un cierto desapego.

 

3. Apertura a la vida. Un matrimonio en el que el marido y la mujer viven pendientes sólo el uno del otro, y en sus vidas no hay lugar para nadie más, acabará por cansarse y amargarse. Un matrimonio verdaderamente feliz descubre continuamente nuevos horizontes, está abierto a otras personas, también a una futura descendencia. Tiene el valor de transmitir la vida, de conservarla, de amarla y de velar por su desarrollo.

 

Pero, si la unión sexual se entendiera exclusivamente como la procreación de descendientes, se denigraría al cónyuge al tratarlo como un simple medio; en última instancia se abusaría de él. Esto ha sido reconocido generalmente en nuestro tiempo de manera muy clara. Más, de la misma manera se humilla al cónyuge si se hace de él un mero objeto de placer. En cambio, si están integrados en el amor matrimonial tanto el deseo de tener hijos como la búsqueda de la unión sexual, se puede considerar conseguida la relación.

 

La fecundidad hace del matrimonio una familia. Por supuesto, los hijos traen consigo desorden e incomodidades para la vida de la pareja, hasta entonces tranquila, ordenada y controlable. Pero en vez de considerar la maternidad como una esclavitud, hace falta convencerse de nuevo, de que existe una felicidad más profunda que la de la satisfacción por el dinero y el éxito; que no sólo los padres ayudan a los hijos, sino que también los hijos ayudan a sus padres a madurar espiritualmente (precisamente a través de las preocupaciones que aquellos originan). Los adultos pueden aprender mucho de sus hijos.

 

4. Sentido del humor. La mejor educación es la convivencia familiar alegre y armónica. "Cuando hayas estado un día entero sin reír, habrás perdido totalmente ese día". Esta frase de Sebastienne Chamfort es muy importante precisamente para la vida cotidiana de la familia. Las personas carentes de humor e incapaces de reír llevan una vida poco atractiva. Los matrimonios y la familias, que han dejado de reír, están perdidas. En cambio, el que tiene sentido del humor, puede olvidarse de sí mismo, y de este modo está libre para los demás. Todos tendemos a veces a plantearnos problemas existenciales por cosas insignificantes, y esto afecta a las relaciones entre los hombres. Debemos esforzarnos por no contemplar las múltiples cosas pequeñas de la vida cotidiana desde su aspecto negativo. Cada cosa, como es sabido, tiene dos caras, y vale la pena centrar la vista en aquella cara de la que podemos reírnos a gusto o al menos sonreír.

 

Una persona que se siente querida por su familia, también es capaz de amar; recibe fuerza y apoyo para la lucha diaria. Sólo el que se siente feliz, puede regalar paz, alegría y optimismo a otros; sólo quien se siente protegido, puede ofrecer apoyo y fortaleza. Únicamente quien tiene iniciativa, puede transmitirla y atreverse a cambiar el mundo. En una familia sana, los miembros serán capaces de desprenderse unos de otros y lanzarse activamente al mundo con generosidad. Están abiertos a los problemas de los demás, saben lo que es la amistad, y están dispuestos a gastarse en servicio al prójimo, desinteresadamente y sin miedo a interrumpir con ello la tranquilidad de la tarde.

 

5. Una palabra con respecto a las mujeres. En la actualidad, ya nadie pone en duda que también las mujeres sean capaces de dedicarse a la técnica. Pero esto no quiere decir que a todas les gusten los ordenadores. "La mujer emancipada es empresaria, quizá también arquitecto u oficinista, pero siempre fuera de casa", así reza el nuevo dogma. Pero, ¿por qué la mujer emancipada no ha de poder ser madre de una familia numerosa, siempre que por emancipación se entienda un proceso de madurez conseguido? Si una mujer prefiere hacer de su casa un hogar agradable, esto no quiere decir que se haya quedado resignada a las espectativas que tenían en el siglo XIX. Simplemente significa que lo que para ella es importante, no lo es para las que la critican. En primer lugar, no es importante lo que la persona hace, sino cómo lo hace. Por eso, no es de extrañar que haya mujeres que tienen de nuevo el valor de dedicarse en cuerpo y alma a su profesión de madres; y notan lo mucho que les puede llenar y satisfacer lo cotidiano.

 

Pero, a veces el ama de casa corre el peligro de limitar sus capacidades a lo rutinario. Entonces sucede que no sabe hablar de otra cosa que de pañales, de cotilleos del barrio y del lavado super-blanco de montañas de ropa. Pierde todo interés por los negocios y asuntos del marido, y cae en el peligro de aferrarse todavía más a sus hijos, a los que con gusto ataría a sus faldas para no tener que dejarles vivir su propia vida en libertad.

 

Esto no tiene por qué ser así. Una mujer que se casa y se decide por la profesión de madre y ama de casa, no tiene por eso que mostrarse menos activa e interesada que antes. Cuando a veces las amas de casa se quejan de que les faltan temas de conversación, no puede decirse que no tengan parte de culpa en ello. Existen maneras muy variadas de seguir ampliando conocimientos o de ser activa en el terreno social, cultural, deportivo o religioso; este interés puede consistir simplemente en estar al día de los acontecimientos del mundo, entablar amistades y recibir invitados. Hoy en día es apreciada una madre que tiene iniciativas, que toma parte activa en la vida y que por tanto sabe ser con sus hijos una interlocutora abierta y entendida. Invita también a los amigos de sus hijos; así los conoce. Trata de entender su mentalidad, sus deseos, sus problemas.

 

De ninguna manera la madre debe estar "encadenada a la casa" o "condenada a realizar un trabajo de esclavos", pese a que, para ciertos círculos del feminismo radical, parece estar demostrado. Si bien, muchas mujeres experimentan el nacimiento de un niño sólo como una carga; ello se debe, en parte a la incomprensión del medio y, en parte, a estructuras sociales injustas. No obstante, no se trata de circunstancias que necesariamente deban acompañar la maternidad. No se puede privar a un nuevo ser humano de la vida, sólo por tales dificultades, más bien, ellas deben ser suprimidas. Este es un desafío apremiante para toda persona honrada.

 

Además, dependiendo de su capacidad de trabajo y de su situación familiar, la mujer puede considerar incluso como su obligación, realizar alguna forma de trabajo en la sociedad en que vive - ya sea a través de la labor profesional, de la ayuda voluntaria a los demás o de un tipo de trabajo personal - y abrir su hogar a los demás. Está claro que, el bien de su familia es la primera prioridad, tanto para la madre, como para el padre. Asimismo, hay que tener presente que la educación de los hijos casi exige más creatividad, flexibilidad e iniciativa que cualquier trabajo fuera de la casa.

 

6. Una palabra con respecto a los varones. La felicidad de una mujer va unida a la felicidad y buena marcha de su matrimonio. Cuando la relación entre el hombre y la mujer no funciona, entonces la existencia como ama de casa puede convertirse en una tortura. Si esa relación es armónica, la mujer no se sentirá "utilizada" y "esclavizada", aunque realice los trabajos caseros.

 

Por lo demás, el compaginar la familia y la profesión no es una tarea exclusiva de la mujer. Me parece que esto queda suficientemente demostrado, a las alturas en que nos movemos. También los hombres deberían reconocer que tienen sus compromisos en la casa y en el cuidado de los niños. No deberían creerse tan importantes como para no poder coger de vez en cuando un trapo de cocina o de polvo. Y estos gestos no deben realizarse como una "demostración de benevolencia", sino que tienen que llegar a hacerse como lo más natural del mundo.

 

El problema del reparto de competencias - ¿quién hace la comida, quién la limpieza? - parece bastante superficial y ocioso. El ideal de nuestro tiempo consiste, pues, precisamente en la abolición de toda clase de esquemas. La atención ya no ha de centrarse en "el" hombre y "la" mujer" en general, sino mucho más en "este hombre concreto" y en "esta mujer concreta". La situación de cada persona, y con ello mucho más de cada matrimonio y cada familia, es compleja y es, después de todo, única e irrepetible. Existen hoy en día, en la vida familiar, menos adjudicaciones unilaterales de deberes que en tiempos anteriores.

 

Lo más importante es que haya amor y comprensión entre los esposos. En la vida cotidiana, este amor puede originar situaciones muy distintas, y hasta contrarias. Para algunas mujeres, por ejemplo, puede significar un verdadero sacrificio quedarse en casa con los hijos; para otras puede ser heroico hacer compatibles, por amor a su familia, una profesión fuera de casa y los deberes del hogar. Ni hay soluciones hechas para la organización individual de la vida familiar cotidiana, ni es apropiado juzgar desde fuera sobre una situación concreta. No se puede exigir lo mismo a todas las personas. Lo que para una mujer (o un hombre) no resulta una exigencia, para otra u otro puede ser una exigencia imposible de cumplir. Y tampoco las necesidades de los niños se pueden comparar: Un hijo único puede costar más energías a los padres que varios juntos.

 

Como síntesis podríamos decir: ¡Hace falta mucha flexibilidad en la vida cotidiana!

 

En el fondo, pues, no se trata de querer determinar lo que cada uno tiene que hacer, sino de examinar la actitud que adopta cada miembro ante su propia familia. Más importante que ciertos trabajos concretos, es una actitud positiva frente a la familia, un amor sincero al cónyuge y a los hijos, que se muestra individualmente de muy diferentes maneras. Pero siempre tiene que haber una disposición de ayudar a llevar las preocupaciones del hogar y de la educación. Nuestras familias necesitan hombres que tengan el valor de servir a su mujer y a sus hijos; mujeres que tengan el valor de servir a su marido y a sus hijos; e hijos que tengan el valor de servir a sus padres y a sus hermanos. Entonces, los matrimonios y las familias podrían llegar a ser felices, y nadie podrá decir que son "anacrónicos".

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Comentarios

¡Fantástico! ¡Gracias!

Anotado por: spanien11m | miércoles, 31 agosto 2005

Gracias a ti por el comentario!

Anotado por: Marta | miércoles, 31 agosto 2005

excelente artículo... un poquito largo, pero vale la pena... Gracias!!!

Anotado por: Dolores | jueves, 01 septiembre 2005

Excelente artículo, sobre todo para personas que, como yo, llevamos poco tiempo casados. ¿Se publicó en algún medio? ojalá tenga mucha difusión.

Anotado por: Patricio Acevedo | jueves, 01 septiembre 2005

No creo que el servir a nadie sea un valor, tal y como concluye la autora. El servilismo lo que hace es justificar y eternizar la posición de fuerza del poderoso. Una relación no debe basarse en la servidumbre de ninguno de los miembros, sino en el respeto por la dignidad del prójimo. Es esa conciencia de la dignidad de la persona a la que queremos la que nos impulsa a portarnos de manera virtuosa e incluso sacrificada por el bien común. En contra, el servilismo fomenta las actitudes tiránicas y totalitarias ya que, como dice el refrán castellano, la oportunidad hace al ladrón.
Precisamente ha sido este planteamiento uno de los más nefastos que la moral cristiana a legado al mundo: la salvación por la sumisión. Y no sólo lo ha sido para la mujer al dar carta de naturaleza al machismo rampante de origen biológico pero también social, sino que el propio hombre se ha visto atrapado por un rol impuesto culturalmente y que lo obligaba, mediante la coacción de la vergüenza, a desempeñar el papel de custodio del patrimonio en el sentido etimológico del término.
En fin, no me voy a poner a desautorizar cada una de las desbarradas apologéticas de la articulista. Bastante ha hecho ya la Historia.

Anotado por: Mikimoss | jueves, 01 septiembre 2005

me parece MIkimoss que no entendiste nada... nunca habla de servilismo.. .sino de LIBRE y VOLUNTARIO servicio que no es lo mismo... Los bomberos sirven, los policias sirven, las enfermeras sirven, los médicos sirven... los maestros sirven... podés verlo como un trabajo funcional y remunerado... o podes ponerle a cada una de estas profesiones un "plus" de humanidad.. y ahí tenés servicio!!! Una vida sin gente dispuesta a servir a los demás, respetando y manteniendo la propia dignidad y la ajena es algo repugnante... pero no eso de lo que habla el artículo... Si volvés a leer bien y con calma lo podrás ver muy bien...

Yo tampoco, "no me voy a poner a desautorizar cada una de las desbarradas apologéticas de la articulista (yo lo cambio por "el comentarista"...). Bastante ha hecho ya la Historia" Y agrego... y la sociología contemporánea

Anotado por: Dolores | jueves, 01 septiembre 2005

me parece MIkimoss que no entendiste nada... nunca habla de servilismo.. .sino de LIBRE y VOLUNTARIO servicio que no es lo mismo... Los bomberos sirven, los policias sirven, las enfermeras sirven, los médicos sirven... los maestros sirven... podés verlo como un trabajo funcional y remunerado... o podes ponerle a cada una de estas profesiones un "plus" de humanidad.. y ahí tenés servicio!!! Una vida sin gente dispuesta a servir a los demás, respetando y manteniendo la propia dignidad y la ajena es algo repugnante... pero no eso de lo que habla el artículo... Si volvés a leer bien y con calma lo podrás ver muy bien...

Yo tampoco, "no me voy a poner a desautorizar cada una de las desbarradas apologéticas de la articulista (yo lo cambio por "el comentarista"...). Bastante ha hecho ya la Historia" Y agrego... y la sociología contemporánea

Anotado por: Dolores | jueves, 01 septiembre 2005

Déjese de condescendencias. Aquí nadie ha hablado de obligación legal de servir, ni de oficios remunerados, ni de esclavitud. Faltaría más. Lo que la autora promulga, en línea con la tradición judeo-cristiana, es la sumisión hacia la pareja como virtud moral. Es decir, que la felicidad se alcanza mediante el sufrimiento. Es la típica moral para esclavos a la que aludía Nietezsche: nada nuevo bajo el Sol. La Secicón Femenina de la época franquista dejó escritos jugosos manuales sobre el asunto: maneras para amar a las cacerolas y a la fregona. Transmutar el sufrimiento en diversión negando así cualquier posibilidad de liberación de los oprimidos. En fin, cristianismo.

Anotado por: Mikimoss | jueves, 01 septiembre 2005

Mikimoss, tu mamá te mima. No seas necio/a. ¿No te das cuenta de que sin el servicio la vida es inhumana y que Jutta Burgraff no está pidiendo a las mujeres que sirvan sino que TODOS sirvan en la familia?

¿Eres o has sido madre o padre? Porque durante muchos años lo único que haces es servir a ese ser indefenso y lo haces gustosamente, por amor. Y si tienes un pariente anciano, llegará un momento en que tendrás que hacerlo o internarlo en un asilo, es tu elección. ¿No es servicio eso? ¿Es por tanto moral de esclavos? ¡Qué pena!

Servicio no es sufrimiento ni es sumisión, a no ser que te resulta insoportable llevarle un vaso de agua a tu madre, que todo puede ser.

Anotado por: Montse | jueves, 01 septiembre 2005

Personalmente detesto todo tipo de servilismo y servidumbre; pero no me parece que, en ninguna parte del artículo que coloqué en el blog se insinúe siquiera una actitud servil. Servir, ayudar y querer a los demás, no es servilismo. Una no hace algo para recibir algo a cambio, eso sería interés, egoísmo. Pero ponerse al servicio de otras personas, sea del cónyuge, de los hijos, de los padres, de los amigos y amigas es una actitud generosa que enriquece a quien tiene esta actitud. Todo claro, sin dejar que se aprovechen de una, sin ser tonta. El espíritu de servicio entre el marido y la señora (en mi país no hablamos de mujer, sino de señora, significativo, no?) es RECÍPROCO, MUTUO. No es aprovechamiento, ni esclavitud. Fíjense en blogspirit hay un blog que se llama "Amos y esclavas" y algo así sí me parece una esclavitud y de la peor especie.

Por último, recuerdo al Sr. o Sra. Mikimoss que este blog es sobre Alemania y que ni la articulista (que escribió el artículo en Alemania y hace bastante tiempo, aunque sólo hace poco fue traducido al castellano), ni Dolores, ni yo somos españolas, de manera que lo que dice del franquismo (!) no es aplicable a ninguna de nosotras.

A veces, estamos muy centrados en "lo nuestro" y no vemos que hay una realidad más allá de los estrechos límites de nuestro país.

En todo caso, gracias a Dolores y a Mikimoss que han debatido en forma tan interesante y enriquecedora en este foro.

Muchas gracias a Montse por su comentario.

Y muchas gracias a Patricio Acevedo. Puedo colocar tu blog entre mis blogs amigos?

Anotado por: Marta | jueves, 01 septiembre 2005

Un artículo muy interesante. Creo que hay una diferencia (a mi entender importante) entre el "qué" (lo que la autora llama "profesión de madres") y el "porqué" (todo lo que hay por detrás de eso: confianza, entrega... amor, en definitiva).

Los puntos 1-4, claves, hablan de ello: amor decidido, respeto mutuo, apertura a los demás, sentido del humor. Esa es la base de la apuesta, de la receta. Vale, podríamos decir, para todas las parejas.

Los puntos 5-6 son "una palabra para..." que defiende, en realidad, que hay opciones distintas a la de "vivir para trabajar". En todo caso, creo son mucho más dependientes del contexto socio-cultural en que se enmarca la autora o los destinatarios. Y se resume en: cada situación (y pareja) es diferente, lo que no por ser una obviedad deja de ser sensato.

Creo que este tipo de artículos son interesantes aunque uno mantenga ciertas discrepancias, en el fondo o en la forma, con su contenido. Tratar de aprovechar algo de ellos o despreciarlos sin más... bueno, es una decisión personal. Yo intento optar por la primera, quizás porque intuyo que Marta los dejó caer por aquí con buena intención :-)

Y hablando de la dueña del lugar... maravillosa tu forma de llevar el blog y sus comentarios. Se siente uno como en casa :-)

Un abrazo

h

Anotado por: hairanakh | jueves, 01 septiembre 2005

Por mí, encantado, yo pondré el tuyo entre los míos.

Anotado por: Patricio Acevedo | viernes, 02 septiembre 2005

Señores y Señoras... es un placer conversar con gente tan educada y agradable en un lugar tan acogedor, donde podemos leer y discutir cosas interesantes provenientes de personas tan diversas... A todos y especialmente a la dueña de casa... Gracias!

Anotado por: Dolores | viernes, 02 septiembre 2005

Gracias Dolores, gracias Pato, gracias Hairanakh, realmente son Uds. quienes le dan vida al blog y hacen que los demás se sientan en casa.

Hairanakh y Pato ya tienen sus propios blogs. Como Dolores no tiene aún uno "totalmente" propio, le ofrezco este para publicar todos los artículos que quiera.

Anotado por: Marta | viernes, 02 septiembre 2005

Gracias por el ofrecimiento... ves por qué decimos todos que nos sentimos en casa?? Además me empujas suavemente a seguir escribiendo... gracias por eso también!
cariños

Anotado por: Dolores | viernes, 02 septiembre 2005

Gracias a ti querida Dolores, tú eres siempre un impulso y un aliciente a seguir con el blog, que puedes considerar como tuyo.

Anotado por: Marta | sábado, 03 septiembre 2005

sigo pensando que la sociedad moderna y los deseos de autorealizacion de las mujeres, son incompatibles con el matrimonio, sobre todo con la familia.

Anotado por: Marcia Vega Roth | jueves, 02 agosto 2007

sigo pensando que la sociedad moderna y los deseos de autorealizacion de las mujeres, son incompatibles con el matrimonio, sobre todo con la familia.

Anotado por: Marcia Vega Roth | jueves, 02 agosto 2007

Marcia! Pienso que no, que es exactamente al contrario, saludos!

Anotado por: marta salazar | domingo, 16 septiembre 2007

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