domingo, 02 octubre 2005
6. El sujeto mutilado - Adorno, Becket
El sujeto mutilado "¿Te crees alguien?" (51)
Sin vínculos, lenguaje, pensamiento, con una libertad que se dirige a la toma de decisiones vanas, arrastrando la mutilación de su persona, la crisis de identidad tiene su límite en el individuo biológico que es su escenario (52). Con el resto que les queda de sí mismos y de su humanidad se obstinan, sin demasiado interés, en seguir adelante, como el gesto de un loco, vagando por los pasillos del hospicio, reiterado hasta el cansancio y que será únicamente interrumpido transversalmente por la llegada de la muerte.
"La férrea ración de realidad y personajes con que el drama cuenta y administra coincide con lo que queda del sujeto, espíritu y alma teniendo en cuenta la catástrofe permanente del espíritu (...) Las figuras de Beckett se comportan tan primitivo-conductistamente como correspondería a las circunstancias posteriores a la catástrofe, y esta las ha mutilado de tal forma que no pueden reaccionar de otra manera: moscas que se estremecen tras haber sido aplastadas por el matamoscas" (53).
Nadie ha quedado completo luego de la catástrofe, ni física, ni humanamente. El sujeto humano es reconocible a duras penas en los personajes de Beckett. ¿Qué ha ocurrido con toda su renombrada y valiosa dignidad?
Esta instancia se percibe desde el inicio y hacia el fin del drama en el personaje de Hamm (54). Hamm, el que aún conserva cierto poder, es un hombre sin rostro, sin mirada. La obra comienza con su rostro tapado por un pañuelo sucio con sangre y termina con la exclamación de Hamm, agitando el mismo pañuelo, única pertenencia en la que se refugia ante la posible huida de Clov.
Hamm: ¡Viejo trapo! A ti, te conservo.
Conserva la posibilidad de negarse y aislarse definitivamente en su mundo de penumbras.
Poco antes en la obra, la experiencia del tedio, el sin sentido y la falta de valor de la vida, lo hacen exclamar:
Hamm: ¿Por qué no me matas?
Clov: Desconozco la combinación del bufete (55)
El único valor a que ha quedado reducida la existencia humana es el valor instrumental. La vida de Clov interesa porque sirve para mantener el pequeño mundo de Hamm. Hamm a su vez tiene las llaves del bufet (56). Nagg y Nell sólo estorban y es por eso están esperando en capilla su salida de la vida.
En Fin de partida el ser humano se mira frente a un espejo que le devuelve su imagen proyectada desde un apocalipsis en el que el hombre ha sido abandonado en manos de la propagación del mal radical. En la obra la conciencia se prepara para mirar cara a cara su propia destrucción (57).
El drama esta justificado: La perpetuación del sufrimiento tiene tanto derecho a expresarse como el torturado a gritar; de ahí que haya sido falso decir que después de Auschwitz ya no se puede escribir poemas. Lo que en cambio no es falso es la cuestión menos cultural de si se puede seguir viviendo después de Auschwitz (58).
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(51) Fin de partida, p. 19
(52) Cfr. Notas sobre literatura, p. 289
(53) Notas sobre literatura, p. 281
(54) Notas sobre literatura, p.286
(55) Fin de partida, p. 16
(56) Cfr. Notas sobre literatura, p. 302
(57) Notas sobre literatura, p. 310
(58) Ibidem, p. 362-363
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